Hay dos libros en la Biblia que no contienen la palabra Dios, ni Su Nombre, ni títulos, estos son: Esther y El Cantar de los cantares.
Esto provocó que su canonicidad fuera discutida en algunos momentos de la historia, tanto por eruditos judíos como por importantes hombres de la fe cristiana como Martín Lutero, sin embargo, las razones para mantenerlos dentro prevalecieron.
En el Libro de Ester, el Tetragrammaton (las letras hebreas que conforman el Nombre de Dios YHWH) no aparece, pero algunos argumentan que si lo está en forma oculta, a través de cuatro acrósticos complejos en hebreo: las letras iniciales o finales de cuatro palabras consecutivas, ya sea hacia adelante o hacia atrás, comprenden YHWH. Estas letras se distinguieron en al menos tres manuscritos hebreos antiguos en rojo.
Y aunque no nos da espacio y tiempo para explicarlos, los textos donde “aparecen” estos acrósticos son muy interesantes cuando los analizamos en este contexto.
Esta “casualidad” del nombre “escondido” fue reforzada por comentaristas hebreos como Gaón de Vilna que dice: «En cada verso se habla del gran milagro, sin embargo, este milagro fue de forma oculta, ocurriendo a través de procesos aparentemente naturales; no como el Éxodo de Egipto, que reveló abiertamente el poder de Dios.»
A esto se suma un enfoque del Talmud, que establece que el libro de Ester se menciona proféticamente en la Ley, en Deuteronomio 31:18 “Ciertamente yo esconderé (haster en hebreo, relacionando con Esther) mi rostro en aquel día”.
Es curioso que, aunque Él se había escondido de ellos, seguía trabajando para ellos. Aunque el libro lo revela como estando por encima de todo, Su Nombre está escondido. Está ahí para que Su Pueblo lo vea, no para que Sus enemigos sean capaces de ver o escuchar.


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